Santiago Carrillo: Tres episodios

A continuación os presentamos un texto en el que nuestro colaborador José Gabriel Zurbano nos presenta una semblanza de Santiago Carrillo, una personalidad que pertenece a una generación que marcó el devenir de nuestro país en momentos cruciales de nuestra historia. El historiador parte de tres episodios —más bien un episodio y dos fases históricas— para valorar la figura de Carrillo, líder comunista y, de facto, “jefe de la oposición” al franquismo durante décadas. Una aportación interesante desde el punto de vista de la historiografía aunque no exenta de valoraciones políticas que, sin duda, nos hará reflexionar y debatir. [Ciudad futura]

1. Paracuellos: la eterna controversia

De entrada no nos engañemos, la figura de Santiago Carrillo, ha tenido muchas fases distintas, pero siempre ha quedado de manifiesto ser un político de raza, los de “tomar partido hasta mancharse”, como pedía el poeta comunista Gabriel Celaya. Empezó participando con apenas 19 años, como secretario general de las Juventudes Socialistas en el comité revolucionario en un levantamiento, la revolución de Asturias y otros puntos del País Vasco y cuencas mineras de Castilla y León en octubre de 1934, frente a un gobierno de la república, pero un gobierno de las derechas que estaba desvirtuando las virtudes republicanas y se encaminaba a un régimen autoritario tras la entrada de la CEDA en el mismo. Luego se demostraría, que estas prevenciones estaban en lo cierto, cuando las juventudes de Acción Católica y de la CEDA se pasaron en masa a la Falange al comienzo de la guerra civil. En este comienzo, Carrillo fue uno de los encargados por el gobierno en fuga a Valencia de Largo Caballero, de defender Madrid de su inminente caída a manos de los franquistas en noviembre de 1936. Nombrado Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, como secretario general de una organización, las Juventudes Socialistas Unificadas que llegaron a contar con más de 300.000 militantes, y cuyos dirigentes se integraron en masa en el Partido Comunista de España, ante la desaparición de escena del PSOE y la rápida respuesta del PCE a las necesidades reales de hacer frente al fascismo, mediante la creación de unas milicias bien disciplinadas y orientadas políticamente en torno al V Regimiento. “El 19 de julio/en el patio de un convento/ El Partido Comunista/ creó el Quinto Regimiento” (Miguel Hernández). 

Las primeras disposiciones de Santiago Carrillo como consejero de orden público, tenían la orientación de devolver el poder a las instituciones democráticas republicanas, frente a los desmanes de las “checas” o “policías paralelas” de los primeros meses de la guerra y hacer más eficaz la lucha contra los enemigos de la II República organizados en la “quinta columna”. El 9 de noviembre de 1936 ordena: “Que todos los ciudadanos de esta capital (Madrid) hagan entrega en las comisarías de la Dirección General de Seguridad…de todas las armas de fuego que posean”, salvo, claro esta, “los ciudadanos movilizados, con autorización especial de esta Consejería. Y aún emite otra orden mas explícita, el 11 de noviembre, reorganizando los servicios de la policía, para superar “el irregular funcionamiento de estos”, creando un consejo en la Dirección General de Seguridad, que sustituirá a todos los comités, juntas, etc., de investigación y vigilancia, que designados por las organizaciones políticas o sindicales, venían funcionando.”[1]

Este Consejo de la Dirección General se constituyó con dos miembros de la CNT y de la FAI, ,uno de la UGT, otro del PCE y 4 de las JSU, los hombres de confianza de Carrillo. Además de la defensa de la capital frente a un enemigo a las puertas de la capital, un dato objetivo preocupaba a estos hombres: en noviembre de 1936 en las cárceles de Madrid había ocho mil personas acusadas de apoyar la sublevación contra la República, de ellas tres mil oficiales de carrera y de la reserva. Antes, el 23 de agosto, conocidas por los refugiados que venían de Extremadura, Andalucía y otros lugares, de  las atrocidades que los sublevados, y en plena desorganización del orden republicano, se enciende la sed de venganza y son fusilados varios políticos derechistas destacados y se sucederán juicios sumarísimos con sentencias de muerte que fueron cumplidas de agosto a noviembre.

Según Ian Gibson, quien con mas profesionalidad ha estudiado el caso, el 7 de noviembre de 1936, comenzaron las sacas de presos de la Cárcel Modelo, que esta a pocos centenares de metros del frente, unos quinientos hombres son excarcelados y conducidos en autobuses y camiones por milicianos de Vigilancia de Retaguardia a las inmediaciones de Torrejón, San Fernando o Paracuellos. Santiago Carrillo aún no ha ocupado su nuevo cargo, ya que la Junta de Defensa se forma en la mañana de ese mismo día, diferentes autores apuntan a que la autoría intelectual es de Mijail Koltsov, alias Miguel Martínez, corresponsal de Pravda en Madrid y según Hugh Thomas “el agente personal de Stalin en España”. Autores como Jorge Martínez Reverte, “esta vez no son los militantes anarquistas de la CNT-FAI los que han actuado por su cuenta, impartiendo su particular justicia revolucionaria.” Según un acta de la CNT del 8 de noviembre que el propio Reverte aporta, la operación se hace bajo el acuerdo de las JSU y los cenetistas y faístas: “…A continuación dan cuenta de los acuerdos que han tenido con los socialistas que tienen la consejería de orden público” sobre lo que debe hacerse con los presos, habiendo tomado el acuerdo de dividirlos en tres grupos, a saber: Primer grupo: Fascistas y elementos peligrosos. Ejecución inmediata, cubriendo la reponsabilidad; Segundo grupo: detenidos sin peligrosidad, su evacuación inmediata al penal de Chinchilla. Con todas las seguridades. Tercer grupo. Detenidos sin responsabilidad, su libertad inmediata con todas clases de garantías…[2]” Al parecer las expresiones “cubriendo la responsabilidad” y “con todas clases de garantías”, eran la expresión del acuerdo de eliminar a aquellos grupos de presos, con total discreción.

Ian Gibson, quien ha entrevistado a muchos de los testigos y personas claves responsables durante aquellos acontecimientos, concluye que “en todo lo relacionado con la matanza de presos efectuada entre el 7 de noviembre y el 6 de diciembre de 1936, tanto Santiago Carrillo, como su delegado, Segundo Serrano Poncela, prefirieron no darse por enterados de lo que ocurría, aparentando ignorar la existencia de un sistema de terror y muerte implantado antes de su llegada al poder, de acuerdo, pero continuado durante su mandato”. Carrillo nunca ha negado la situación límite que representaba tener varios miles de cuadros militares presos a unos centenares de metros del frente de guerra, del odio que generaban los bombardeos y a la vista de la situación pudo optar por hacer la vista gorda y dejar hacer. No creemos que pudiera haber sido de otra manera de un hombre que ya había mostrado su determinación durante la revolución de Asturias y en el frente norte en los primeros compases de la guerra civil, un hombre que ingresa en estos momentos en el Partido Comunista que es la referencia para quienes pretenden una resistencia política y militar, disciplinada y eficaz frente al fascismo, que tras la guerra, continuará. En cualquier caso no era el aparato del Estado el que actuaba y, aunque podía reprobarse moralmente, era la capital de la República la que estaba en juego y el joven político Carrillo se la jugó como en 1934 y actúo. Jamás ha mostrado arrepentimiento por su actuación, pero sí horror y espanto por las consecuencias de la guerra, lo que con el tiempo le hizo un firme partidario de que no volviera a repetirse.

2. La oposición comunista al franquismo y el papel de Santiago Carrillo

Las Huelgas obreras de 1956, 1957 y 1958 y el comienzo del movimiento estudiantil antifranquista en 1956 y 1957, mostraron que empezaban a crearse unas nuevas condiciones. El mérito principal del PCE-PSUC y de su nuevo equipo dirigente formado entorno a Santiago Carrillo y Fernando Claudín, apoyados decisivamente por Dolores Ibárruri, fue reorientar su estrategia para situar el centro de gravedad de la misma en reconstrucción de las vanguardias políticas y sindicales a partir de la lucha en el interior. Esto significaba a cudir a donde estaba el grueso de los trabajadores, los sindicatos verticales del franquismo y trabajar en su interior. Las Huelgas iniciadas en Asturias en 1962, fueron para un sector de la dirección comunista, la confirmación del fracaso del franquismo y de la política de estabilización económica. Ya existían las bases para organizar un potente movimiento de masas capaz de conseguir el gran objetivo político del derrocamiento del franquismo. Otro sector minoritario, representado por Fernando Claudín, el fracaso de la huelga nacional pacífica convocada el 18 de junio de 1959, demostraba, por el contrario, que todavía no existía la posibilidad de un movimiento político de masas, que la política de estabilización del franquismo había conseguido sentar las bases de una nueva fase de desarrollo económico y que el movimiento huelguístico de 1962 significaba la aparición de una nueva vanguardia y sindical, pero no todavía de un gran movimiento social. Así surgieron las Comisiones Obreras, primero con un objetivo inmediato y una organización, pero que fue dando lugar a una conciencia y solidaridad de clase que fueron configurando una importante organización.

En 1963 a Julián Grimau lo ejecutó un régimen dictatorial que seguía imponiendo su autoridad con el terror y el derramamiento de sangre ejemplarizante. Lo ejecutó el general Franco, con la complicidad de todo su gobierno, incluidos el almirante Carrero Blanco y Manuel Fraga, encargado de la campaña de propaganda orientada a convertir a Julián Grimau en un monstruoso policía torturador durante la República. Claro, eso calaba bien, después de 25 años de la paz del silencio y los cementerios.

Durante esos 25 años, Santiago Carrillo había sido uno de los principales líderes de la resistencia al franquismo. Primero en Orán, luego como agente de la internacional comunista en Méjico, Cuba, Estados Unidos y otra vez a Argelia desde donde pasa a Francia en 1944, comisionado para evaluar y finalmente abortar el voluntarioso pero suicida proyecto de invasión del valle de Arán. Los militantes del PCE resisten desde las prisiones de Franco y en las guerrillas. Una vez más su determinación y cierta clarividencia táctica es la que lo aúpan a la secretaría de organización del partido en París es decir al núcleo operativo más importante, fuera de Moscú. La lucha guerrillera, que tiene un momento de auge al final de la Segunda Guerra Mundial, se desinfla a fines de los cuarenta. La guerra fría aísla al PCE del resto de la oposición, pero Santiago Carrillo quien lidera un grupo de comunistas como Claudín, Gallego, Melchor, Romero Marín, Sánchez Montero, Julián Grimau son quienes a partir de 1956, impulsan la llamada política de reconciliación nacional, que en la práctica supone la búsqueda de un movimiento de masas, una Huelga Nacional Pacífica, contundente y continuada , que aglutine a la mayor parte del pueblo y que derroque al franquismo. Lo hacen por el Partido, por Dolores y por Carrillo, en aquella organización catacúmbea y milenarista. Pero son ellos los que ponen la semilla para que nazcan en los sesenta las primeras CC.OO. y el compromiso con gentes de la cultura de la talla de Antonio Buero Vallejo (miembro del primer comité provincial del PCE de Madrid tras la guerra), Ángel González, Armando López Salinas, Manuel Sacristán, Domingo Dominguín, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Javier Pradera, Ramón Tamames, Paco Rabal, Juan Antonio Bardem, Muñoz Suay y compañeros de viaje como Eduardo Haro, Caballero Bonald, Romá Gubern, etc.

En este marco Santiago Carrillo envió a Julián Grimau a España, Semprún lo calumnió inmisericordemente, en su libro Autobiografía de Federico Sánchez pues había enviado a un antiguo miembro del cuerpo de policía de la república en Madrid y Barcelona, pero, como le recordó el propio Javier Pradera, también estaban Romero Marín, oficial del ejército rojo o Simón Sánchez Montero o tantos otros militantes que tenían antecedentes en la guerra civil. Hasta Marcelino Camacho, líder de CC.OO. que había sido miliciano. En esto Semprún, como en muchas otras de sus críticas a aquellos abnegados luchadores militantes a los que criticó en 1977 con la fe del converso, se propasó.

Bajo la dirección y la inspiración política personal de Santiago Carrillo, se enfrentó desigualmente en los sesenta a las nuevas realidades. Superó con audacia el trauma de la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia en 1968, asegurando una independencia y un distanciamiento a las prácticas de los soviéticos;tambien hizo frente a sucesivos intentos de escisión – como el PCE-ml pro-chino de 1964; el grupo “Unidad” que dio lugar al PC internacional en 1967, etc. Y elaboró una línea política que intentaba aplicar la estrategia de reconciliación nacional a las nuevas condiciones de la España desarrollista. Las líneas fundamentales de esta política se formularon a través de diferentes libros y folletos de Santiago Carrillo. Así se expresaba un análisis sugerente  de las nuevas contradicciones del capitalismo en general y del español en particular y de las consecuencias de la “revolución científico-técnica” cuyo alcance social ya intuyó Santiago Carrillo y que servía como base para la formulación  del concepto estratégico de la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, se llegó a la fórmula política del pacto para la libertad desde 1969, completada con las consignas de la huelga general política y huelga nacional. En aquellas condiciones, el PCE consiguió elaborar una línea estratégica que ligaba la concepción del “pacto para libertad” con la aspiración revolucionaria que había impulsado y guiaba a sus militantes y simpatizantes: la postura favorable al ingreso de España en el Mercado Común (hoy UE) adoptada en el VIII Congreso del PCE, de 1972, la definición de una democracia política y social como fase de la vía democrática y pluralista al socialismo  y la definición final del concepto de “eurocomunismo” como síntesis de todo lo anterior, son, para Jordi Solé Tura, los hitos mas significativos de esta elaboración teórica de Santiago Carrillo[3].

Ahora bien, la política del pacto para la libertad mostraba grandes debilidades, las debilidades del conjunto de la oposición al franquismo. La primera era la imposibilidad de levantar una plataforma unitaria frente al franquismo, por el temor de muchos a que dada su debilidad, fuera el PCE quien tuviese en ella el papel hegemónico. (similar a lo que pasa ahora en IU, pero con un PCE más débil y sectario). En segundo lugar, la debilidad del propio movimiento de masas. En realidad el antifranquismo obrero y universitario —y más tarde el movimiento vecinal—, fueron movimientos de vanguardias amplias pero no llegaron a ser movimientos de masas. Ello fue debido a factores diversos: la terrible represión del franquismo sobre los resistentes en la posguerra, que dificultó el surgimiento de nuevos cuadros obreros en los sesenta y setenta y otros, como el infantilismo de izquierdas de muchos grupos que, en realidad temían la hegemonía de los comunistas; las propias respuestas de “armonía y concordia social” lanzados desde los organismos de control social, y muy especialmente la iglesia católica, que sólo al final, desertó, en parte, del régimen o las tímidas mejoras en el nivel de vida bien vendidas por la propaganda franquista, mientras mantenían un millón de emigrantes en Alemania, Suiza, Bélgica o Francia.

La suma de estas debilidades explica el carácter que tuvo la transición del franquismo a la democracia y es la clave para entender el papel del PCE en esa transición. En los últimos años del franquismo, mientras la dictadura mantenía toda su dureza frente a las vanguardias políticas más radicales – baste recordar el proceso 1001 contra los dirigentes de CC.OO., ente ellos Marcelino Camacho o las condenas a muerte y ejecuciones once años después de Julián Grimau, de miembros de ETA y del FRAP, los trabajadores obtenían, importantes mejoras salariales. Paradójicamente, esto contribuía a una separación entre las vanguardias políticas perseguidas como extremistas y un movimiento obrero un tanto espontáneo y desorganizado que obtenía conquistas aparentemente sin necesidad de dichas vanguardias.

Estas debilidades, la debilidad del movimiento de masas antifranquista, obligaron a Carrillo a hacer converger la Junta Democrática auspiciada por el PCE, con la Plataforma de convergencia democrática privilegiada, al mismo tiempo, tanto desde la socialdemocracia alemana como desde los sectores reformistas del franquismo como la “marca de la oposición democrática”. Sólo una acción audaz por parte de Santiago Carrillo, iba a otorgar un plus en la mermada interlocución del PCE, su traslado a España en 1976 y sus actividades claramente desafiantes desde la obligada clandestinidad (presencia en conferencias de prensa y actos públicos), que a la postre lograrían el objetivo más anhelado por los militantes y simpatizantes: la legalización del PCE, aunque, las debilidades, obligasen a dejarse tantos pelos en la gatera, con la idea de que en PCE en la legalidad se convetiría en la fuerza hegemónica de la izquierda e impulsaría ese movimiento social de masas que hasta entonces había resultado imposible formar.

La expresión más sintética y más dramática de lo que había sido la trayectoria política del PCE y de todo el movimiento antifranquista fue que en el momento de iniciarse la transición la fuerza que más había luchado contra el franquismo fue la que mas dificultades tuvo para ser legalizada, la que de manera mas  precaria se incorporó a la reforma y la que fue superada ampliamente por los votos de fuerzas que habían tenido un protagonismo más escaso contra el franquismo. Que la ruptura política preconizada por los comunistas fuese superada por la reforma es la mas clara demostración de que el antifranquismo no consiguió vencer como movimiento de masas claramente rupturista, es decir como movimiento de masas político. El PCE no pudo capitalizar los resultados de su acción ni superar del todo los factores de su aislamiento. Esta es, una de las claves de la posterior crisis del PCE. Pero las razones de esta incapacidad de capitalización deben buscarse más en las debilidades generales del antifranquismo que en los factores internos del PCE y en el papel de Santiago Carrillo, en concreto, como simplistamente se hace a menudo.

Y el gobierno de la Dictadura franquista asesinó en 1963 a Grimau acusándolo de un “delito continuado de auxilio a la rebelión militar” y su defensor fue el entonces militar Antonio Rebollo, luego colaborador de Adolfo Suárez…

3. La transición ¿se pudo haber hecho de otra manera? ¿Estamos legitimados para la crítica desde la situación actual?

En enero de 1977, Santiago Carrillo firmó con los herederos de los vencedores de la guerra y administradores de la dictadura, personificados en Adolfo Suárez, un pacto que incluía la renuncia a usar políticamente el pasado, pero no lo hizo porque hubiese olvidado la guerra y la dictadura, sino seguramente porque las recordaba muy bien y estaba dispuesto casi a cualquier cosa, para evitar que se repitieran, siempre y cuando los vencedores de la guerra y administradores de la dictadura aceptasen terminar con ésta y sustituirla por un sistema político que acogiese a vencedores y vencidos y que fuese en lo esencial idéntico al que los derrotados habían defendido en la guerra. Además partía de una posición de debilidad, al no haber podido constiturse un verdadero movimiento democrático de masas que respaldara en la calle la ruptura democrática

Como dice Javier Cercas, en Anatomía de un instante : “…lo que la justicia dictaba a la muerte de Franco era el retorno de la legitimidad republicana conculcada cuarenta años atrás por un golpe de estado y la guerra subsiguiente, el juicio de los responsables del franquismo y la completa reparación de las víctimas: Carrillo renunció a conseguir todo esto, y no sólo porque careciese de fuerza para conseguirlo, que también, sino también porque entendía que a menudo los ideales más nobles de los hombres son incompatibles entre sí y que en aquel momento tratar de imponer en España el triunfo absoluto de la justicia era arriesgarse a provocar la absoluta derrota de la libertad, convirtiendo la justicia absoluta en la peor de las injusticias.” Lo suscribo.

En aquel momento Carrillo y los suyos renunciaron a muchas de las señas de identidad de la izquierda, pero no a la de la lucha por la democracia. Al final resultó un pacto con ruptura, frente a la ruptura democrática y la ruptura pactada que por falta de apoyos no pudieron imponer. Algunos lo critican ahora y piensan que se podía haber hecho más. Puede ser, pero ¿era posible con la correlación de fuerzas que había? ¿Bastaba la legitimidad republicana para imponerse a la legalidad? La Justicia es previa a la paz, pero para lograr esta hay que poder actuar primero en libertad, el PCE fue legalizado dos meses antes de las primeras elecciones generales. En perspectiva histórica lo importante, lo políticamente relevante, es que, en aquel momento se pensaba que se estaba creando un sistema político más justo y mas libre que cualquiera de los que haya conocido y que este sistema sellaría la reconciliación nacional cuya estrategia había puesto en marcha el PCE treinta años antes.

En España en su historia, en el camino emprendido en el breve espacio de tiempo de vida institucional plena de la República. No fue por cobardía, varios episodios lo remarcan: la audaz presencia de Carrillo en España en la clandestinidad desde 1976, la dirección con mano firme frente a momentos realmente complicados como la matanza de los abogados laboralistas del bufete de abogados comunistas de Atocha en enero de 1976, cuya reacción fue ejemplar de disciplina y valor por parte de los militantes comunistas en los masivos y desafiantes actos de duelo. Carrillo se mantuvo erguido, al contrario que todos los demás diputados, menos dos, aquel 23 de febrero de 1981, cuando comenzó el tiroteo en el Congreso de los Diputados y los comunistas. Ya antes había sido el PCE bajo la dirección de Carrillo el primero en oponerse en la calle a las acciones de ETA…

También le achacan motivos personales, de acomodación personal, en las “cesiones”, en un negarse a los suyos y negarse a sí mismo. Pero esto vale lo mismo para un error que para un acierto y lo que desde la historia se debe valorar son los aciertos o los errores. El error de Carrillo fue confiar en que Suárez y los posfranquistas iban a cumplir su parte del pacto, democratizar a los suyos, al ejército, a la policía, al poder policial, esto es lo que no terminó de hacerse, y así pudieron ser posibles los GAL hasta mediados de los ochenta…o las cúpulas judiciales no resueltas. La memoria histórica, la reparación a las víctimas del franquismo se puede dar ahora, gracias a que se ha ganado la libertad, en realidad la memoria siempre se dio en las banderas, en las canciones, en las manifestaciones culturales, en el homenaje a los mayores dados por las izquierdas desde el inicio de la transición. Pero tomemos el caso contrario, el de quienes no aceptaron la democracia, en España fundamentalmente ETA. Se beneficiaron de la amnistía de 1977, pero continuaron la lucha armada y la continúan hoy: no respetaron las decisiones del pueblo, incluido el pueblo vasco que votó el Estatuto de Autonomía de 1979. Y no han respetado la docena y media de elecciones y los miles de manifestaciones públicas y masivas en las que el pueblo vasco les ha indicado que aquel no era el camino. Se convirtieron en parte del problema, en la excusa perfecta para la que la ultraderecha, siguiese actuando incluso en los aparatos del Estado, deslegitimaron su trayectoria durante el franquismo y debilitaron la unidad de acción de la clase obrera vasca, una de las mas activas del Estado y, finalmente, han sido política y militarmente derrotados. Su lucha no ha servido más que para causar dolor, daño y dolor a los vascos y a los españoles.

Santiago Carrillo es parte de la Memoria Histórica, incluso si él no quiere, y persigue una memoria selectiva, de “hombre de estado”, lo que es totalmente de respetar. Cualquier dirigente político de un movimiento revolucionario del siglo XX ha tenido sus luces y sus sombras. Por eso Santiago Carrillo es parte de la legalidad republicana que defendió como secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas, tiene la legitimidad de mas de treinta años dirigiendo el grupo político mas activo del antifranquismo, y por último, le honra también el haber acertado al colaborar en traer un régimen de libertades, radicalmente imperfecto e injusto, pero que ha permitido un cierto desarrollo y modernización de la sociedad española en los últimos 33 años. Mi pregunta es ¿Tenemos a la vista líderes equiparables en este momento?

Desde hace un tiempo a esta parte estamos perdiendo cotas de libertad. Si habría que situar un punto de inicio de esta pérdida se situaría entre la llegada de los ultraconservadores Reagan y Tatcher a principios de la década de los ochenta y la caída del muro de Berlín en 1989. Pero aquí la responsabilidad de hombres de la generación de Santiago Carrillo ya es muy relativa. Si acaso, Carrillo fue uno de los que mas tempranamente denunció el cáncer que corroía el sistema soviético, y evitó al PCE que se le cayera encima, aunque no sabíamos hasta qué punto estaba a disposición de aquella marea que trató de borrar todo lo que sonara a comunismo.

Santiago Carrillo, en una visión de conjunto de su larga trayectoria encarna la figura del eterno rebelde, del rebelde asturiano y español. Ese tipo de rebeldía popular ha existido siempre en la historia desde milenios antes de que existiera la palabra comunismo. Hoy movimientos como ATTAC reclaman la opinión y el referente de aquel comunismo democrático, con sus muchas luces y algunas sombras que, para nada, empañan su valor; esperemos que de un movimiento de vanguardia, pueda pasarse a un movimiento de masas.

Texto: José Gabriel Zurbano* / Ciudad futura

Notas:
[1] Ian Gibson, Paracuellos cómo fue, Madrid, 1983 y reed. 2005, pp. 55-57
[2] Jorge Martínez Reverte: La batalla de Madrid, 2004, pp. 579
[3] Jordi Solé Tura: “La oposición comunista al franquismo”, en Josep Fontana, España bajo el Franquismo, Crítica, Barcelona, 1986, pp. 123-141.

4 pensamientos en “Santiago Carrillo: Tres episodios

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  3. Pese a que hay quienes que dicen que Santiago Carrillo fue el autor de los crímenes de Paracuellos, somos cada uno de nosotros los que juzgaremos o creeremos si así fue.

    Tras ser pro-Carrillo desde los 21 años que tengo, empiezo a sentirme sumamente decepcionada; realmente no sé si estoy decepcionada con la Cadena SER, o con el mismo Carrillo, ya que desde este medio de comunicación me dijeron que harían lo posible para concederme una entrevista con Santiago Carrillo. Esto viene ya desde hace mucho tiempo y cada vez que llamo, sólo me dan largas.
    Ahora me pregunto, si Carrillo dice que los jóvenes de hoy en día estamos completamente desentendidos con la política, me parece razonable, ya que cuando intentamos acercarnos a algún militante político o alguien de referencia política, se nos niega este acceso….
    Comprenda señor, que estemos así de desencantados, al menos, en mi caaso.

  4. Yelan07, ni yo ni Ciudad Futura pertenecemos al círculo íntimo de Santiago Carrillo. Pero sí te diré que la última entrevista de cierta profundad que ofreció fue a José Luis Losa quien la recrea en Caza de Rojos, en 2005. Entonces Carrillo tenía 90 años y ahora ya ha cumplido los 95. Te recomiendo que leas no sólo sus memorias, sino las de otros como Federico Melchor, Manuel Azcárate, e historiadores como Ian Gibson, Paul Preston o novelistas-historiadores como Javier Cercas en Anatomía de un Instante,

    seguro que estas lecturas, mitigarán tu desencanto

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