Un cazador canadiense de neutrinos

Dentro de una antigua mina de Sudbury (Ontario, Canadá) está ubicado el complejo de investigación astrofísica SNOLAB. Una de sus instalaciones es el Observatorio de Neutrinos (ONS, en la imagen). Los neutrinos son partículas subatómicas con una masa tan ínfima —se ha calculado que menos de una milmillonésima parte de la masa de un átomo de hidrógeno— que pueden atravesar la materia ordinaria sin apenas perturbarla. La materia está “compuesta” en su mayor parte de vacío aunque nuestros ojos y nuestro cerebro (en primera instancia) no lo interpreten así.

Para evitar la interferencia de otras partículas cósmicas este peculiar observatorio no está situado en la superfície, sino nada menos que a dos kilómetros de profundidad en el interior de la corteza terrestre. La instalación ONS es básicamente un “cazador de neutrinos” capaz de detectar estas partículas producidas por las reacciones de fusión en el interior Sol y así poder analizar la composición del núcleo de nuestra estrella. La cubierta acrílica del ONS contiene un kilotón (1.000 toneladas) de agua pesada (D2O) que al reaccionar con los neutrinos hacen que se produzcan unos azulados destellos de radiación o luz Cherenkov, llamada así en honor del destacado miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética Pável Alekséyevich Cherenkov (1904-1990), Premio Nobel de Física de 1958 por el descubrimiento e interpretación de este fenómeno. El primer detector orbital de partículas de estas características —Detector Cherenkov— fue uno de los equipos científicos instalados en el satélite Sputnik-3, lanzado por la URSS el mismo año en que Cherenkov recibiera el Nobel.

Texto: Paco Arnau / Ciudad futura [Imágenes: SNOLAB (Canadá)]

Entrada relacionada en Ciudad futura: Átomos interpretando su propio origen y evolución
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La manzana de Newton en la ISS

Esta hermosa manzana, que bien podría haber sido la legendaria “manzana de Newton”, no está infringiendo la Ley de la Gravitación Universal con su aparente ingravidez (estado de caída libre, en realidad) en el laboratorio japonés Kibo de la Estación Espacial Internacional (ISS). Más bien confirma las teorías del genial físico y matemático británico nacido en el siglo XVII, a pesar de que el fruto —lejos de la campiña inglesa— no termine de caerse al “suelo” en el siglo XXI. [Vía: lifeinspace]

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