
El artista conocido como Alejandro Sanz, cuya carrera comenzó con el más que pretencioso e histriónico nombre de Alejandro Magno [¡!], en realidad se llama Alejandro Sánchez (suprimió el “che” de su apellido) y tiene fijada su residencia en Miami (Florida, EEUU). Y es que este chico de Moratalaz* siempre tuvo delirios de grandeza inversamente proporcionales a su más que discreto nivel cultural, como suele ser habitual en estos casos de desclasamiento sobrevenido por el éxito e interrupción prematura de los estudios.
Pero no es el motivo de estas líneas analizar la trayectoria profesional de Sanz-Magno-Sánchez, arquetipo del cantante tierno que empieza emocionando a fans adolescentes a las que les falta un hervor y acaba siendo admirado por sus abuelas, con un vacío generacional intermedio más profundo que sus letras.
La última ocurrencia que ha tenido Alejandro Sanz —leit motiv de la inapelable roja directa que le presentamos en estos días protagonizados por el balompié— ha sido poner en duda el valor (¡!) y el patriotismo del campeón español de Moto GP Jorge Lorenzo por no atreverse a blandir y plantar una bandera rojigualda de la monarquía española en el “territorio hostil” de Montmeló para celebrar su reciente triunfo en el Circuit de Catalunya. Acostumbrados como nos tenía a sus obsesivas proclamas anticomunistas contra Cuba y Venezuela, el progre residente de ese “nido de izquierdistas” que es Miami cruza ahora el charco para pontificar sobre las eternas tribulaciones identitarias de la tierra que le vio nacer. Leer más…

La señora María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidente del gobierno español, en sus monólogos con los medios de comunicación utiliza con asiduidad el recurso de poner una vela a Dios y otra al diablo para mantener una construcción imaginaria que a estas alturas del partido casi nadie con dos dedos de frente sigue creyendo: que los socialistas están con los trabajadores. Tras la presentación de los mayores recortes sociales habidos en décadas en nuestro país por orden del FMI (vía teléfono rojo del emperador Obama), la señora vicepresidente añadió que “nosotros [ellos] siempre estaremos con los trabajadores”. La incredulidad y la perplejidad que provocan esas esquizoides proclamas capital-obreristas se acentúan por el hecho formal de que las pronuncien personas que —a no ser que dispongan de patrocinadores para tal fin— gastan en ropajes y accesorios cantidades que bien podrían alimentar a una familia obrera durante un año (que levante la mano quien no haya pensado esto alguna vez). Leer más…
Cuando hablamos de “peces gordos” no nos referimos a destacados miembros de la llamada clase política o a los altos cargos de la Administración del Estado. Los elevados salarios que perciben la mayoría de ellos —a pesar de su diezmo de sacrificio en el altar de la crisis— son chocolate para el loro comparándolos con las retribuciones anuales de los ejecutivos de las grandes corporaciones privadas que detentan el poder real. Según una información publicada en elEconomista.es (las cursivas son nuestras):
«Los 83 consejeros ejecutivos de las empresas del Ibex, donde se encuentran los presidentes, consejeros delegados y otros ejecutivos que forman parte de los órganos de administración, ganaron en 2009 una media de 2,7 millones. [...] Es en este grupo donde se encuentran los directivos mejor pagados de España [de izquierda a derecha en la imagen superior], con Alfredo Sáenz, consejero delegado del Santander, a la cabeza con 10,2 millones. Le sigue Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, con 5,34 millones más otros 3,05 millones de “gratificación por consecución de objetivos estratégicos plurianuales y situaciones excepcionales y puntuales”. Tras él están el presidente del BBVA, Francisco González, con 5,3 millones más 2,8 millones en acciones, y otros dos directivos del Santander: Francisco Luzón (5,8 millones) y Matías Rodríguez Inciarte (5,3 millones). El presidente de Repsol, Antonio Brufau, ganó 4,2 millones. El [presidente] de Telefónica, César Alierta [en la foto mordiéndose la lengua], no publica su retribución.»
Reflexionemos y calculemos: ¿cuántos ciudadanos podrían vivir dignamente con los salarios que percibe esta gente?