La respuesta, en este gráfico…

Sociedad, política, economía, medios…
La respuesta, en este gráfico…

«[…] en España, mientras el número de parados alcanzaba en 2009 la cifra de 4,5 millones (3,1 millones en 2008), las empresas cotizadas en Bolsa repartían 32.300 millones de euros a sus accionistas (19% más que en 2008). El año pasado, los beneficios de los diez principales bancos europeos superaron los 50.000 millones de euros… En un continente castigado por la peor recesión desde 1929… ¿Cómo es posible? Porque a partir de la crisis del otoño de 2008, los Bancos centrales prestaron masivamente, con tipos de interés mínimos, a la banca privada. Ésta utilizó ese dinero barato para prestar a su vez, con tipos más elevados, a las familias, a las empresas… y a los propios Estados. Así ganó esas millonadas. Ahora, la deuda soberana alcanza niveles excepcionales en varios países —Grecia, Irlanda, Portugal, España…— cuyos gobiernos han tenido que imponer drásticos Planes de austeridad a sus ciudadanos para satisfacer las exigencias de los actores financieros… causantes de la crisis del 2008. Una desvergüenza que exaspera y enfurece a millones de asalariados europeos.
Los ricos siguen enriqueciéndose mientras crece el número de personas sin empleo o en la precaridad, con un poder adquisitivo más reducido, en condiciones de trabajo degradadas, soportando la violencia física y simbólica de unas relaciones sociales endurecidas en una sociedad cada vez menos cohesionada. ¿Cuánto aguantará el hastío popular? ¿Acaso no advirtió el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), el pasado 17 de marzo, que si no se reforma el sistema financiero «habrá revuelta social»?»
Ignacio Ramonet


Miguel Ángel Quintanilla*
Noam Chomsky suele criticar a los intelectuales postmodernos de nuestra época porque han abandonado el espíritu de la Ilustración y no creen en el valor objetivo del conocimiento científico; y los contrapone a los intelectuales de la izquierda tradicional, que “procuraban compensar el carácter clasista de las instituciones culturales mediante programas educativos para los trabajadores, o escribiendo libros de gran éxito sobre matemáticas, física y otros temas científicos dirigidos al gran público”. Recientemente, Alan Sokal ha recuperado estas críticas de Chomsky en un brillante alegato de izquierdas en favor de la racionalidad.
De hecho, nos estamos acostumbrando a ver la ciencia y la tecnología como parte del sistema social y económico y a meter en el mismo saco las injusticias del sistema capitalista, el expolio de recursos naturales y el calentamiento global junto con el conocimiento científico, el desarrollo tecnológico y el imperativo económico de la innovación. Así que cada vez parece más natural la idea –completamente ajena, en realidad, a la tradición de la izquierda– de que la ciencia y la innovación son asuntos de los que ya se ocupan los guardianes del sistema y a los que no merece la pena que preste más atención el pensamiento progresista.

Craso error. La ciencia sigue siendo uno de los pocos productos de la civilización que lleva en su propia estructura el germen de la emancipación. Es cierto que el conocimiento científico puede servir a la guerra y al capitalismo depredador. Pero también sirve para combatir la enfermedad y la pobreza, la desigualdad y la opresión. Además el conocimiento científico no conoce fronteras, sólo sobrevive en medios culturales estimulantes y abiertos y tiene vocación de difusión universal. Aunque sólo fuera por eso, la ciencia debe seguir siendo una parte esencial del patrimonio de la izquierda.
Pero hay algo más. La ciencia y la tecnología no crecen y se desarrollan solas. Cada paso en una u otra dirección se da porque alguien ha tomado decisiones para orientar el proceso de acuerdo con intereses particulares o públicos, ocultos o transparentes, egoístas o solidarios. La discusión de la nueva Ley de la Ciencia puede ser una buena ocasión para poner a prueba el compromiso de la izquierda de nuestro país en este campo. Para empezar, el Gobierno haría bien en abrir el debate sobre el futuro de la ciencia y la innovación a un público amplio, interesado e informado.
Tras el discurso de apertura de Ángeles González Sinde este pasado lunes ante el Foro Europeo de Industrias Culturales, Eduardo Punset replicó las palabras de la ministra-portavoz de ese gremio empresarial de forma clara y concisa, con el admirable seny que caracteriza al divulgador científico catalán. Punset manifiesta su firme oposición a lo que denominó «la tentación de controlar» internet y las redes sociales…
Según los datos compilados en un estudio realizado por CC-Monitor sobre la implantación de las licencias Creative Commons (CC) en 52 países (datos de noviembre de 2009), España se sitúa en el primer puesto con más de 10 millones de licencias adoptadas. Como se afirma en Linotipo, bitácora de Víctor Ruiz:
«[…] un buen porcentaje de internautas españoles están comprometidos con una visión del mundo abierta y colaborativa. Es una forma ideal y moderna de exportar la cultura española a todos los rincones del mundo, una cultura solidaria. Que permite la copia y la reutilización, que fomenta el conocimiento y el arte sin importar la condición económica«.
Que nuestro país sea el primero de este ranking es un dato muy positivo en medio del desalentador panorama actual de la red de redes en España, caracterizado por los constantes ataques de Gobierno y corporaciones privadas a la libre difusión de la cultura en internet, ataques cuyo máximo exponente es el denominado proyecto de Ley Sinde.
«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.

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¿Cuál es la principal diferencia entre ambas imágenes?: En su momento, la «mujer de rojo» y los cientos de jornaleros andaluces no protagonizaron ningún titular destacado en los medios de comunicación. Por el contrario, cada uno de los pasos de las 35 «damas de blanco» concitan la atención diaria y el apoyo prácticamente unánime de estos mismos medios, ya sean de ámbito nacional o internacional.