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Un cazador canadiense de neutrinos

Dentro de una antigua mina de Sudbury (Ontario, Canadá) está ubicado el complejo de investigación astrofísica SNOLAB. Una de sus instalaciones es el Observatorio de Neutrinos (ONS, en la imagen). Los neutrinos son partículas subatómicas con una masa tan ínfima —se ha calculado que menos de una milmillonésima parte de la masa de un átomo de hidrógeno— que pueden atravesar la materia ordinaria sin apenas perturbarla. La materia está «compuesta» en su mayor parte de vacío aunque nuestros ojos y nuestro cerebro (en primera instancia) no lo interpreten así.
Para evitar la interferencia de otras partículas cósmicas este peculiar observatorio no está situado en la superfície, sino nada menos que a dos kilómetros de profundidad en el interior de la corteza terrestre. La instalación ONS es básicamente un «cazador de neutrinos» capaz de detectar estas partículas producidas por las reacciones de fusión en el interior Sol y así poder analizar la composición del núcleo de nuestra estrella. La cubierta acrílica del ONS contiene un kilotón (1.000 toneladas) de agua pesada (D2O) que al reaccionar con los neutrinos hacen que se produzcan unos azulados destellos de radiación o luz Cherenkov, llamada así en honor del destacado miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética Pável Alekséyevich Cherenkov (1904-1990), Premio Nobel de Física de 1958 por el descubrimiento e interpretación de este fenómeno. El primer detector orbital de partículas de estas características —Detector Cherenkov— fue uno de los equipos científicos instalados en el satélite Sputnik-3, lanzado por la URSS el mismo año en que Cherenkov recibiera el Nobel.
Texto: Paco Arnau / Ciudad futura [Imágenes: SNOLAB (Canadá)]
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+info: snolab.ca (English)
Surrealismo estratosférico

La técnica del montaje fotográfico está empezando a perder sentido en una época como ésta en la que la realidad muchas veces supera a la ficción… no hay más que ver los telediarios. Lo que aquí os mostramos no es un montaje de Photoshop por mucho que lo pudiera parecer. Se trata de escenas reales del rodaje, mediante cámaras automáticas, de un spot de una conocida firma japonesa de productos electrónicos.
El daliniano y surrealista resultado: un sillón estratosférico a más de 98.000 pies de altura, como diría un controlador aéreo; nosotros diremos, para que todo el mundo lo entienda, casi 30.000 metros ó 30 kilómetros sobre el nivel del mar. Gracias a un simple globo de helio y a unos discretos hilos de nailon, este sencillo sillón ha batido un récord de altura para un mueble de estas características, superando en nada menos que 5.000 m el techo máximo de servicio del caza de diseño soviético MiG-31, uno de los pocos aviones capaces de volar en esas cotas de la estratosfera… y volver para contarlo.
La presión es tan baja a esas alturas (~0,1 atmósferas) que —a diferencia del asiento eyectable de la cabina presurizada de un MiG-31— ningún ser humano podría ocupar ese sillón para poder disfrutar de la espectacular panorámica: divisar la curvatura terrestre y el negro azabache del espacio exterior en pleno mediodía sobre el desierto de Nevada.
Sumidero de tempestades en el Pacífico

Espectacular fotografía del tifón tropical Nabi captada por la tripulación de la expedición 11 de la Estación Espacial Internacional (ISS) a finales del verano en el Hemisferio Norte. En septiembre de 2005 Nabi azotó con grandes precipitaciones y vientos que llegaron al alcanzar los 220 km/h una amplia región del Océano Pacífico al sur de Japón. Un tifón o ciclón tropical es un gran sistema de nubes en rotación con fuertes vientos y tormentas que acumula una gran energía procedente de la condensación de grandes masas de vapor de agua, generándose una «gran máquina térmica vertical» que gira alrededor de su centro u «ojo» como si de un sumidero se tratara a causa del movimiento de rotación de la Tierra (el llamado efecto Coriolis). Algo que podemos ver con absoluta claridad en esta imagen, que también nos muestra lo comparativamente delgada que es la capa azul de la atmósfera que nos rodea y que respiramos en relación con el tamaño del planeta. Cuidar y conservar en buen estado esta delgada capa azul es un deber ineludible que todos tenemos con las futuras generaciones.
Átomos interpretando su propio origen y evolución
«Cuando llegue mi hora entraré en la nada, me disolveré en átomos, y ya está.
Hasta el día en que se termine todo: la Tierra, la galaxia, el Sistema Solar…
Eso ocurrirá, y no habrá dios que nos venga a proteger diciendo:
“¿Dónde están esos seres que he creado con tanto amor?”»
(José Saramago, 1922-2010. ‘In memoriam’)
La infografía que os presentamos a continuación, que representa las eras del Universo desde su inicio hasta nuestros días, ha sido realizada de acuerdo con la Teoría del Big Bang («Gran Explosión»), un modelo científico que trata de explicar el origen del Universo y su evolución posterior a partir de una «singularidad espacio-temporal de densidad infinita», tomando como base matemática las ecuaciones de la Relatividad General. Según estas teorías, desde el instante en que el espacio inició su expansión (Big Bang) y el tiempo comenzó su transcurso a partir de la «explosión» de esa singularidad «matemáticamente paradójica», la materia —y con ella todos los objetos astrofísicos— se está expandiendo de forma constante.

LA HISTORIA DEL TIEMPO: DESDE EL ‘BIG BANG’ HASTA NUESTROS DÍAS
El gráfico muestra de forma esquemática en las cuatro dimensiones que nosotros percibimos (las tres espaciales y la temporal) las diferentes fases de ese proceso desde el Big Bang hasta nuestros días, las así llamadas Eras del Universo. Aunque estamos hablando de conceptos espaciales y temporales comparativamente inabarcables para nuestro sistema de pensamiento cotidiano, más habituado a conceptos temporales como el de las edades históricas e incluso las eras geológicas, resulta curioso observar cómo —según esta teoría— el transcurso de las cuatro primeras eras del Universo desde la enigmática Era de Plank hasta la Era de las Partículas, pasando por la Era GUT (Grand Unified Theory, por sus siglas en inglés) y la Era Electrodébil, duró una milésima parte de un segundo. Un instante que nuestros sentidos serían incapaces de percibir y nuestro cerebro de interpretar. «Antes» de esas cuatro primeras Eras no había un antes. El tiempo, tal y como lo concebimos, carecía de dimensión alguna en una singularidad espacio-temporal donde nada acontecía.
El telescopio orbital europeo Plank nos ha enviado recientemente esta imagen. Aunque fue presentada de forma tan pomposa como inexacta por muchos medios de comunicación como «La primera fotografía completa del Universo», está en realidad protagonizada por nuestra propia galaxia, la Vía Láctea vista de canto, así como otros cuerpos celestes más o menos cercanos. Cuando, tras meses de trabajo, la división científica de la Agencia Espacial Europea (ESA) consiga «limpiar» y depurar estos datos gráficos (árboles que no nos dejan ver el bosque), seguramente podremos observar por primera vez un mapa de 360º de la radiación cósmica de fondo de la materia prima del Universo, los primeros átomos de la Era que lleva su nombre. [Imagen: ESA-HFI-LFI consortia, julio de 2010]
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La siguiente fase de esta historia universal fue la llamada Era de la Nucleosíntesis, breve lapso de apenas tres minutos de duración en el que una «ardiente sopa» de protones, neutrones, electrones y neutrinos dio paso a la Era de los Núcleos [«Nuclei» en el gráfico]. Así, durante 300.000 años el universo estuvo compuesto por un plasma muy caliente de núcleos de hidrógeno (deuterio), helio y electrones. Pasados esos tres centenares de miles de años el Universo se enfrío lo suficiente como para que los electrones y los núcleos empezaran a combinarse y así formar una materia prima de átomos (mayoritariamente de hidrógeno) que camparon a sus anchas por el Universo durante unos 1.000 millones de años [«1 billion years» en la infografía] de forma más o menos uniformemente distribuida. Estábamos en la Era de los Átomos. Con el paso de esta ya respetable cantidad de tiempo de un millar de millones de años, algunas regiones habitadas por esos átomos primigenios con una densidad de población ligeramente más elevada, adquirieron una fuerza gravitacional creciente y formaron nubes de gases, estrellas, galaxias y el resto de los cuerpos celestes que conocemos en la actualidad (una pequeña porción de todos ellos observables a simple vista), dando paso a la Era en que estamos desde hace varios miles de millones de años, bautizada con el sugerente nombre de Era de las Galaxias…
Y éste es el tiempo actual. Un tiempo en el que amalgamas biológicas compuestas de órganos, células y moléculas formadas por aquellos mismos átomos de la Era anterior son capaces de observar, interpretar y teorizar su propio origen y posterior evolución espacio-temporal mediante instrumentos científicos, sondas espaciales y ecuaciones matemáticas.
Infografía: © Addison-Wesley Longman • Texto: Paco Arnau / Ciudad futura
+info: Beginning and End of the Universe (Prof. Karl Gebhardt)
La manzana de Newton en la ISS
Esta hermosa manzana, que bien podría haber sido la legendaria «manzana de Newton», no está infringiendo la Ley de la Gravitación Universal con su aparente ingravidez (estado de caída libre, en realidad) en el laboratorio japonés Kibo de la Estación Espacial Internacional (ISS). Más bien confirma las teorías del genial físico y matemático británico nacido en el siglo XVII, a pesar de que el fruto —lejos de la campiña inglesa— no termine de caerse al «suelo» en el siglo XXI. [Vía: lifeinspace]
Los pulmones de la Tierra
Gracias a la recopilación de los datos enviados por varios satélites de observación científica de la NASA (CESat, Terra y Aqua), por primera vez podemos disponer de un mapa global detallado de los bosques de la Tierra en su estado actual, según acaba de publicar la web de la agencia espacial norteamericana ayer 20 de julio de 2010.
Mapa: NASA Earth Observatory [clic en la imagen para ampliar]
La principal novedad de este mapa —en relación con otros publicados anteriormente— es que no sólo reproduce la extensión de las masas boscosas terrestres, sino además —y por primera vez— la altura de su cubierta o dosel [canopy height, en inglés en el mapa original] en una gradación de tonos verdes (como no podría ser de otra manera) que representa hasta los 70 metros en su tono más oscuro.
Este mapa es una herramienta científica de gran valor para el estudio del actual ciclo del carbono, en el que juegan un papel fundamental las masas boscosas —pulmones a través de los que respira nuestro ecosistema global— que, como se puede observar gracias a este trabajo, ocupan aún grandes extensiones a pesar del creciente proceso de deforestación que han sufrido en las últimas décadas. Destacan por su gran superficie el bosque tropical húmedo de la región amazónica en el subcontinente sudamericano y la gran Taiga euroasiática de coníferas, que se extiende desde Escandinavia hasta el litoral pacífico del Extremo Oriente siberiano [imagen de la derecha]. Otros grandes ecosistemas arbóreos como las selvas del sudeste asiático y de la región centroafricana, los bosques de Europa Central y Norteamérica, las selvas de Indonesia o la Taiga canadiense son perfectamente distinguibles.
En cuanto a la altura de la cubierta boscosa, destacan por su tono más oscuro en el mapa: las frondosas selvas de Centroamérica, los bosques de clima templado cercanos a la Costa Oeste de Canadá y EEUU (donde se encuentran los ejemplares de árbol más altos del planeta), los bosques subtropicales asiáticos de las estribaciones del Himalaya y las tupidas selvas de la península de Indochina. [Véase mapa ampliado]
+info y descarga de imágenes de alta resolución:
First-of-its-kind map depicts global forest heights
Apolo-Soyuz: Encuentro en órbita de dos mundos distintos y distantes

El 17 de julio se conmemora el 35º aniversario de la expedición orbital tripulada soviético-estadounidense Apolo-Soyuz. En tal fecha de 1975, la nave soviética Soyuz 19 y la estadounidense Apolo ASTP (extraoficialmente también denominada Apolo XVIII) se acoplaban en la órbita terrestre tras sendos lanzamientos dos días antes (15 de julio) desde el Cosmódromo de Baikonur (RSS de Kazajistán, URSS) y el Centro Espacial Kennedy (Cabo Cañaveral, Florida, EEUU). Así, las dos colosos adversarios se unieron por dos días en la óbita de nuestro planeta.
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El astronauta estadounidense Donald Slayton (a la izquierda y «boca abajo»), piloto de la misión Apolo ASTP, y el cosmonauta soviético Alexei Leonov, primer hombre en realizar un «paseo espacial» (1965) y comandante de la nave Soyuz 19, durante uno de los encuentros en órbita de las tripulaciones de la misión conjunta Apolo-Soyuz. Esta imagen fue una de las más reproducidas por la prensa internacional en 1975. [Foto: NASA]

El Apolo ASTP estadounidense fotografiado desde la Soyuz 19 en la órbita terrestre. En la proa del módulo de mando cónico, única zona habitable de la nave, está acoplado el Docking Module (DM; en el extremo izquierdo de la foto) diseñado específicamente para esta misión y al que a su vez se unió la nave soviética. Las misiones lunares Apolo protagonizaron la hazaña de ser los primeros (y únicos) vuelos tripulados que se posaron en nuestro satélite (seis misiones con éxito y una fallida entre 1969 y 1972). Esta misión Apolo-Soyuz de 1975 fue el último vuelo de las naves Apolo antes de pasar a formar parte de la historia de la carrera espacial. [Foto: Academia de Ciencias de la URSS]

La verde cobertura textil de la Soyuz 19 contrasta con el blanco de un área nubosa de la Tierra. En esta excelente imagen captada por la tripulación del Apolo ASTP se pueden distinguir los diferentes módulos de la nave soviética. De izquierda a derecha: (a) el módulo orbital habitable con el mecanismo de acoplamiento al DM en su extremo, (b) el módulo de mando y descenso de la tripulación y (c) el módulo de servicio o de instrumentación y propulsión (único no habitable), al que está fijado el doble juego de paneles fotovoltaicos desplegables. La versión actual de este fiable y robusto diseño de la ingeniería espacial soviética, cuya vigencia ha resistido el paso de más de cuatro décadas, sigue operativa en nuestros días. Si nadie lo remedia, las Soyuz pronto serán el único medio de transporte de tripulaciones hacia la Estación Espacial Internacional a partir de la retirada de los transbordadores espaciales norteamericanos Shuttle. [Foto: NASA]

El primer apretón de manos entre los dos comandantes de la misión: Thomas Stafford (con vestimenta naranja, en el Docking Module) y Leonov (al fondo, en el módulo orbital de la Soyuz). [Agencia TASS]

Sellos conmemorativos de la misión conjunta Apolo-Soyuz editados en 1975 por los servicios postales de EEUU (10 centavos de dólar) y de la URSS (12 kopeks de rublo).
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Ilustración e infografía de la nave Soyuz TMA »
Categoría ‘Cosmos’ en CF
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[Reproducido en Rebelion.org]
La doble designación oficial de esta primera y única misión espacial conjunta de las dos superpotencias fue Apollo-Soyuz Test Project (ASTP, por sus siglas en inglés) y Экспериментальный полёт Союз-Аполлон (ЭПСА, Eksperimantalniy polyot Soyuz-Apollon, EPSA, por sus siglas y transcripción del ruso), que viene a significar en castellano «Vuelo experimental Soyuz-Apolo».
PLANTILLA Y PERFIL DE LA MISIÓN
La plantilla internacional de la misión Apolo-Soyuz estaba compuesta por un quinteto formado por tres astronautas estadounidenses (un veterano y dos novatos) y dos cosmonautas soviéticos (ambos con una misión anterior en su hoja de servicios).
La Soyuz 19 estaba comandada por el laureado héroe de la Unión Soviética y mundialmente famoso cosmonauta Alexei Leonov, primer hombre en realizar un paseo espacial diez años atrás (misión Vosjod 2 en 1965), acompañado por su camarada Valeri Kubasov como ingeniero de vuelo (misión Soyuz 6 en 1969). Por la parte estadounidense, en la nave Apolo ASTP viajaron tres astronautas de la NASA: el comandante Thomas Stafford, veterano, experimentado y conocido astronauta con tres misiones a sus espaldas (Géminis 6 y 9, y Apolo X); y los pilotos Vance Brand y Donald Slayton, ambos en el que fuera su primer vuelo espacial.
El perfil de la misión Apolo-Soyuz era sencillo y poco ambicioso más allá de su espíritu simbólico: dos días después de sus respectivos lanzamientos desde EEUU y la URSS el 15 de julio de 1975 mediante cohetes Saturno IB y Soyuz-U, ambas naves tripuladas se encontrarían en una órbita baja terrestre para acoplarse mediante un módulo de atraque diseñado exclusivamente para esta expedición: el Docking Module ASTP (DM), que fue unido en órbita a la proa del módulo de mando del Apolo para su posterior acoplamiento con la nave soviética Soyuz y el encuentro entre ambas tripulaciones.
DOS PAÍSES, DOS SISTEMAS
El DM, con 3,15 m de longitud, 1,4 m de diámetro máximo y unas dos toneladas de masa, era básicamente una esclusa —con un volumen útil equivalente al de una pequeña furgoneta— cuya función era permitir la transferencia y el encuentro de ambas tripulaciones en órbita a pesar de sus diferentes sistemas… de soporte vital. Mientras que en el Apolo estadounidense había una atmósfera de baja presión compuesta sólo de oxígeno, en la Soyuz soviética se vivía en un ambiente más familiar para los organismos terrícolas: una mezcla de oxígeno y nitrógeno con una presión más elevada y más parecida al aire que respiramos en la Tierra. El DM, además de solventar el problema de los diferentes entornos de soporte vital, permitió la conexión de los circuitos de comunicaciones de ambas naves. Su sistema de atraque APAS-75 de tipo andrógino y diseño soviético permitió la unión del complejo Apolo-DM a la Soyuz.
Otro problema, el del idioma, fue solventado por la condición relativamente bilingüe de las tripulaciones, que utilizaron indistintamente el ruso y el inglés para comunicarse… aunque debido al extraño acento del comandante norteamericano cuando hablaba ruso, el comandante soviético Leonov bromeó diciendo que «en realidad en la misión se hablaron tres lenguas: el inglés, el ruso y el oklahomski«, en referencia al Estado del Medio-Oeste de donde era nativo Thomas Stafford (Oklahoma).
Sección del hábitat multimodular durante las 44 horas que permanecieron unidas las naves. Apolo a la izquierda, DM en el centro y Soyuz a la derecha (clic en la imagen para ampliar). [Ilustración: Agencia soviética TASS]
Durante las 44 horas que estuvieron unidas las naves, sus tripulaciones intercambiaron regalos, diplomas, banderas, bebidas y delicatessen típicas de cada país. En estos casi dos días completos de convivencia en órbita (la mayor parte del tiempo en el DM y en el módulo orbital de la Soyuz) también hubo ocasión de realizar algunos experimentos científicos conjuntos así como, finalmente, una maniobra de acoplamiento adicional que volvió a poner a prueba con éxito el sistema soviético de atraque APAS-75.
ENCUENTRO DE DOS MUNDOS DISTANTES
En su contexto histórico, Apolo-Soyuz supuso no sólo un hito en la historia de la carrera espacial humana, al tratarse de la primera misión conjunta de las dos naciones que hasta ese momento habían rivalizado sin tregua en la conquista del cosmos desde el inicio de la carrera espacial por parte de la URSS en 1957, sino también un acontecimiento con repercusiones evidentes en la opinión pública mundial en el marco de la distensión y la llamada política de «coexistencia pacífica» entre EEUU y la URSS, un paréntesis de 1972 (firma del Acuerdo SALT I) hasta 1980 de relativa tregua en la Guerra Fría entre las dos superpotencias globales. Receso cuyo fin coincidió con la llegada del halcón anticomunista Ronald Reagan a la Casa Blanca a principios de 1981 y que dio paso a una nueva etapa histórica de máxima tensión internacional.
Vista con los ojos de hoy, tras más de dos décadas de cooperación espacial internacional en la Estación Mir y en la ISS, la misión conjunta Apolo-Soyuz podría parecer algo normal. Nada más lejos de la realidad en el contexto de 1975. La misión Apolo-Soyuz simbolizó y significó algo parecido al encuentro en el espacio de dos naves con seres procedentes de mundos muy distintos y distantes… y no sólo porque hablaran lenguas dispares y respiraran atmósferas diferentes.
Texto: Paco Arnau / Ciudad futura
‘Opportunity’: Un robot terrestre trabajando en Marte

Al final de un trayecto de ocho kilómetros, el robot autopropulsado Opportunity de la NASA alcanzó el borde del cráter Victoria de Marte el 27 de septiembre de 2006. El Victoria es un cráter de impacto de unos 750 metros de diámetro y 70 de profundidad situado en la planicie ecuatorial marciana de Meridiani Planum. El GIF animado que os mostramos sobre estas líneas seguramente fue compuesto a partir de una secuencia de imágenes captadas por la cámara de este rover interplanetario. Obsérvense en la parte inferior las huellas de rodadura dejadas por las ruedas del Opportunity en el terreno arenoso. [Fuente: It’s Full of Stars (English)]
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Representación artística del rover Opportunity sobre la superfície de Marte en la región de Meridiani Planum (1,95°S 354,47°E), muy cerca del ecuador del planeta más parecido a la Tierra del Sistema Solar. [Ilustración: Wikimedia Commons]

Esta pequeña roca fundida compuesta de hierro y níquel que reposa sobre el suelo marciano no siempre estuvo ahí; en realidad procede del espacio exterior. Se trata de Heat Shield Rock, el primer meteorito descubierto en otro planeta (enero de 2005); un hallazgo pionero para la historia de la exploración del Sistema Solar que debemos a la fructífera misión interplanetaria Opportunity. [Foto: NASA/JPL]

Un sugerente paisaje de otro mundo: fotografía de la ladera interna del cráter Endurance, bautizada como Burns Cliff, captada y transmitida por el Opportunity hace más de seis años (junio de 2004). [Foto: NASA/JPL]
Ahora que el programa espacial humano de la Agencia Espacial Norteamericana (NASA) se encuentra en los prolegómenos de su final con el próximo retiro de las últimas unidades operativas del veterano sistema de transbordadores orbitales Shuttle (sin sustituto a corto o medio plazo) debido a los recortes presupuestarios en el capítulo de la exploración pacífica y tripulada del espacio por parte de la Administración Obama, es de justicia reconocer la valiosa aportación de la Oficina Científica Espacial de la NASA —con la imprescindible colaboración del Jet Propulsion Laboratory (JPL) del Instituto Tecnológico de California— a la exploración robótica del Sistema Solar mediante programas científicos no tripulados. Esperemos que estas misiones, la mayoría de ellas culminadas con éxito a lo largo de varias décadas y que han aportado valiosos datos para la Ciencia, continúen implementándose en el futuro.
Uno de los hitos más destacables de estos programas es, sin duda, la misión científica Mars Exploration Rover B, designada comúnmente Opportunity por el nombre con que fue bautizado su todoterreno robótico marciano, continuador de las misiones dotadas de vehículos autopropulsados iniciadas por el Sojourner Rover (misión Mars Pathfinder de la NASA) el Independence Day (4 de Julio) de 1997 en la región de Ares Vallis.
En Marte desde el 25 de enero de 2004, el Opportunity batió en mayo de 2010 el récord de operatividad de la sonda estática Viking I Lander (lanzada por la NASA en 1975) con más de seis años terrestres de misión ininterrumpida —2.246 días marcianos— desde que se posara en la región ecuatorial de Meridiani Planum.
A lo largo de más de seis años, Opportunity ha enviado a la Tierra una gran cantidad de datos e imágenes sobre la atmósfera, el clima, la geología y la composición química del suelo del planeta rojo que nos ofrecen valiosas pistas científicas sobre cómo pudo haber sido Marte millones de años atrás… seguramente un planeta mucho más parecido al nuestro, en el que mares y corrientes superficiales de agua líquida dejaron rastros de erosión (y de vida, quizás) en su superfície y en la composición mineral de sus rocas. Pistas de un pasado remoto, húmedo y plausiblemente biológico que hoy es posible seguir y analizar gracias a este ingenio terrestre de seis ruedas que se desplaza lentamente por los terrenos áridos de Meridia Planum, en el cuarto planeta del Sistema Solar.
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Más que mil palabras [31]: Retrato de París y Saturno con fondo negro

La sonda de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) Rosetta, en su largo camino hacia los confines del Sistema Solar para encontrarse con el cometa Churymov-Geramisenko en el año 2014, nos acaba de enviar detalladas imágenes de su acercamiento al asteroide Lutetia («París» en latín). Lutetia debe su nombre al astrónomo y pintor alemán Hermann Goldschmidt (1802-1866), quien descubrió este cuerpo celeste de 132×102×76 km desde el balcón o la azotea [según fuentes] de su morada parisina de la rue de l’Ancienne-Comédie en 1852… más de un siglo y medio después, podemos disfrutar de esta cercana imagen de Lutetia —con Saturno al fondo— captada el 10 de julio de 2010. Lutetia es un asteroide de buen tamaño comparado con otros viejos conocidos como Gaspra (19×12×11 km). La agencia espacial francesa CNES nos ofrece la posibilidad de hacer zoom y ver con todo lujo de detalles la superficie de este lejano París del Cinturón de Asteroides de nuestro Sistema Solar mediante sorprendentes fotografías de alta resolución interactivas y otros materiales multimedia → La tête en l’air (français).
••• Sirva esta entrada como homenaje de Ciudad futura a la vecina República Francesa en su fiesta nacional del 14 de Julio, día de la Toma de la Bastilla que dio inicio en París a nuestra Edad Contemporánea en 1789.





