El 19 de julio de 2010 se celebró en Madrid la Conferencia ‘African Progress’, organizada por la Fundación Ideas con el patrocinio del PSOE y del Congreso Nacional Africano (CNA). Se trataba de aportar ideas sobre la agenda política de los países africanos y sus relaciones con sus socios internacionales.
A esta «cumbre de líderes progresistas», asistieron destacadas personalidades, como el vicepresidente de la Republica de Sudáfrica, Kgalema Motlanthe, quien compartiera lucha y prisión con Nelson Mandela y fuera secretario general del CNA; los presidentes de Etiopía, Meles Zenawi; de Cabo Verde, Pedro Pires y de Tanzania, Takaya Kikwete; así como líderes socialdemócratas de Senegal, Ghana y Costa de Marfil. Además se desplazó a la capital española una amplia delegación del Congreso Nacional Africano, junto con especialistas y miembros de thinks-thanks, generadores de ideas y especialistas en África españoles, portugueses, belgas, irlandeses, etc. Faltaron a esta cita destacados miembros del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación de viaje por Afganistán, como su propio titular, Miguel Ángel Moratinos, o la secretaria de Estado de Cooperacion, Soraya Rodríguez.
La importancia de África radica en que si ahora hay 900 millones de africanos, en 2050 habrá 1.900 millones. Y en que mientras las sociedades del Norte envejecen, la población africana es joven. Además, África es el continente del coltán y de otras materias primas estratégicas en el presente y en el futuro inmediato. Por no hablar de otros recursos humanos y naturales que atesora este continente. Al mismo tiempo, la renta per capita de África —a pesar de toda la propaganda en torno a la cooperación— es ahora más baja que hace 30 años. Más de 50 países africanos ocupan la cola en la lista de los más pobres del mundo. Sigue leyendo




Apagados ya lo ecos de las gradas en los estadios de Sudáfrica, es hora ya de «volver» a la cruda realidad. Una realidad caracterizada por una profunda crisis del sistema que está sirviendo para que la ínfima minoría de los «amos del dinero» salden sus últimas cuentas pendientes con su otrora poderoso adversario: el movimiento obrero occidental. Así, en los países desarrollados —el llamado 


Carlos Rodríguez Braun